Libros de Fantasmas

 

Las luces de la calle se encendieron, entonces Artemio miró su reloj. Aún era temprano, en el portafolio le quedaban algunos libros, y andaba de buena racha, así que decidió visitar algunas casas más. Y siguió caminando por la vereda de una zona residencial. Artemio era un vendedor ambulante de libros.
Todas las viviendas de la zona tenían jardín o patio, y un portón. La experiencia le enseño a golpear las manos antes de cruzar un portón, por si había perros. Llegó frente a una casa que sin dudas era la más vieja del lugar. Golpeó las manos, ningún perro salió a ladrarle. Empujó el portón, estaba abierto.
En el jardín había unos árboles altos que impedían que la luz de la calle llegara hasta allí. Artemio ingresó al terreno, pero tras dar unos pasos se arrepintió; el lugar parecía estar abandonado. El sendero que dividía el jardín estaba cubierto de hojas secas, que empezaron a volar con un viento repentino; y en lo alto de la casa una veleta con forma de gallo chirrió al girar.

Se detuvo y dudó, pero en la casa se encendió una luz, aunque débil y amarillenta, entonces continuó hasta la puerta. Se acomodó la corbata y golpeó. Adentro sonaron pasos, seguidamente sintió que lo espiaban por la mirilla. Se abrió la puerta y tras ella surgió una anciana encorvada y diminuta, arrugada como una uva pasa, pero sonriendo; y bastó esa sonrisa para que Artemio desplegara todo su léxico de vendedor.  La anciana lo dejó hablando, mas con un gesto de la mano le indicó que la siguiera. Pasaron a una sala donde sobre una mesa ardía una vela de llama alargada e inquieta.
La anciana se hamacaba al andar y daba pasitos cortos. Una rápida ojeada al lugar y Artemio calculó que no le iba a vender ni un libro, pues todo estaba muy viejo y descuidado; pero ya estaba allí…
Se sentaron en torno a la mesa de la vela, enfrentados, con la llama danzando entre ellos.

- Tal vez le interese algunos de mis libros - comenzó su palabrería Artemio -. Si tiene nietos en edad escolar no puede desaprovechar esta oportunidad. Estos libros son muy completos, y…
- ¿Tiene libros sobre fantasmas? - lo interrumpió la anciana, con voz temblorosa y aguda.
- Eh… en este momento no, pero se los puedo conseguir. ¿Le interesan los cuentos sobre fantasmas, o alguna novela quizás?
- Lo que quiero es saber cómo deshacerme de un fantasma - volvió a temblar la voz de la anciana, que comenzaba a ampliar su sonrisa.

 En medio de ellos la llama se agitaba para todos lados, y proyectada contra la pared, la sombra de la anciana se mecía de un lado al otro. 
- Entonces tengo uno que tal vez le pueda servir, es sobre ocultismo y cosas sobrenaturales - Artemio era un vendedor nato, y disimuló sobradamente su sorpresa, aunque lo inquietó un poco el extraño pedido.  
- Está bien, me quedo con  ese - Mientras Artemio sacaba el libro del portafolio, la dueña de la casa salió hamacándose de la habitación, y regresó con un fajo de dinero. 
- ¿Esto alcanza? - preguntó al tendérselo, Artemio bajó la cabeza para contarlo.
- Alcanza y sobra señora - le contestó, mas al levantar la vista  la anciana ya no estaba a su lado, sólo su sombra se movía por la pared; pero ya no era la de una anciana.
La puerta se abrió de golpe, y Artemio salió disparado rumbo a ella. Apenas traspasó el  umbral se cerró tras él, y la luz de la casa se apagó. 


  

 

El perseguido

 

Llovía sobre el bosque y el día estaba llegando a su fin.  Charlie iba corriendo por ese bosque, estaba huyendo de la horca; si lo atrapaban era su fin.
Hacía algunas pausas para medio recuperar el aliento y, recostado a un árbol trataba de escuchar sobre el rumor de la lluvia y el latido de su corazón. Hacía rato que no escuchaba los ladridos de los perros que intentaban encontrarlo, ni el grito de los hombres que los alentaban.
Estaba empapado y el frío le calaba hasta los huesos.   Atravesó un arroyuelo bajo, trepó por una barranca, aferrándose como podía a las raíces de los árboles, y después de avanzar unos metros casi a ciegas entre un follaje tupido, salió a un claro. En ese lugar se detuvo, delante de él había una casa enorme.

La noche ya había descendido sobre aquel paisaje, pero unos relámpagos le mostraron la deteriorada fachada de la casa.  Las enredaderas que trepaban por todos lados, las grietas de los muros, los vidrios rotos, todo indicaba que la casa estaba abandonada. 
Tiritando, Charlie miró hacia la oscuridad del bosque, volvió a escudriñar hacia la casa, y tras un nuevo temblor que le recorrió todo el cuerpo decidió entrar.  
Cuando estiró la mano hacia la puerta vio que ésta se encontraba entornada, entró y la cerró. Caminó unos pasos en la oscuridad. El piso, que era de madera, crujía con cada paso, el sonido se amplificaba y corría por la vastedad oscura de la casa, que parecía responder con otros sonidos similares, pero cuando Charlie se detenía y escuchaba, todo volvía a estar en silencio.
Al tantear una pared se sentó con la espalda recostada a ésta.  

- Espero que no encuentren mi rastro, que no me descubran - susurró Charlie.
- No te van a encontrar, no - dijo de pronto una voz temblorosa y chillona -. No va a quedar nada de ti, ¿verdad?  
- ¡Sí! - respondió otra voz desde la oscuridad, y otras lanzaron unas risitas maliciosas, y eran muchas, y estaban alrededor de él.